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Jugar juntos

Ariel Scher es un reconocido periodista y escritor argentino cuyo ultimo libro "Contar el juego" está consiguiendo un notable éxito de ventas y de críticas. Hoy GOL TV lo invitó a publicar uno de sus cuentos en nuestra página y esto es lo que nos dejó:

JUGAR JUNTOS

De la infinidad de motivos que pueden acercar a un hombre y a una mujer, a ellos los unió uno que quizás no sea frecuente: Juan era un crack y Diana también.  Se descubrieron en un partido que, como muchos, iba a ser de rutina y terminó definiéndoles la existencia.  A los cuatro minutos, armaron una jugada intensa y perfecta.  A los diez, ya hacían todo sin siquiera mirarse porque ambos percibían que, en cada maniobra, el otro iba a estar en el sitio justo.  A la media hora, por demasiadas señales y demasiados goles, los dos supieron que estaban enamorados.  A las tres semanas, colmados de partidos brillantes, se fueron a vivir juntos.  A los seis meses, él y ella, los dos cracks, avisaron que se casaban.

 

La canchita de aquel partido inicial fue escenario de una boda en la que familiares y amigos se distribuyeron, cada cual con su entrada, entre plateas y populares.  Juan se vistió con la más linda de sus camisetas de futbolista, con unos pantaloncitos de estreno y con los botines convertidos en luces de tan bien lustrados que estaban.  Diana, tan elegante como cuando tiraba un centro atrás, calzaba un vestido encantador que convocaba a la emoción: lo habían bordado con los hilos de la red del arco donde él y ella habían festejado su primer gol juntos.


El juez de la ceremonia fue un árbitro viejo al que le transpiraban las manos como si estuviera por dirigir la final del mundo.  Pero el discurso con el que patentó el matrimonio quedó en la memoria de cada concurrente con una felicidad parecida a la que provoca la evocación de un gran gol: «A ustedes, Juan y Diana, los dos cracks, dueños de la gracia del fútbol y de la tentación de estar juntos, les propongo que frente a estas tribunas llenas de gente que los quiere, juren cuidarse y protegerse en la salud de sus gambetas más creativas y en la adversidad que representen los rivales de peores intenciones; que sean tolerantes entre sí cuando un pase no llegue a destino, un cabezazo salga desviado, o, simplemente, el calendario los abrume con más días peores que mejores; que compartan con un compromiso idéntico la dicha de un penal bien pateado y la falta de explicación de un gol en contra; y que si tienen hijos logren transmitirles que el fútbol y la vida pueden alumbrar la inmensidad de las cosas pero nunca hay dignidad mayor que ser fiel a uno mismo y a cada compañero.  Queridos cracks: si ahora mismo les vibran los tobillos y les arden las células, eso significa que sienten que no hay partido más grande que el que se juega con otro y para otro.  Por eso, desde el alma, los declaro jugadores del mismo equipo para los tiempos de los tiempos, o sea marido y mujer».


De inmediato, el juez hizo tronar su silbato, les entregó una pelota blanca para que estamparan sus firmas y dejó que Juan y Diana, los dos cracks, se quedaran haciéndose pases en la mitad de la cancha.  La gente, mientras tanto, lloraba y aplaudía, aplaudía y lloraba, porque ya hace rato que se sabe que no hay nada como las historias de amor.

 

(Columna publicada en el Diario Clarín, de Buenos Aires, Argentina, el 20 de Julio de 2003)

 

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