"El fútbol me saca de la cárcel", el Francia-Argentina desde el penal 9

"El fútbol me saca de la cárcel. Cuando me dan portón para salir a la cancha, yo me siento en la calle", dice Beto Medina, uno de los 1.650 internos que vieron en prisión caer a la Albiceleste 4-3 ante Francia y despedirse del Mundial Rusia-2018.

La unidad penitenciaria 9 de la ciudad de La Plata, a 60 kms de Buenos Aires, queda en un barrio de casas bajas. En el día del partido, las calles lucen despobladas.

En esta cárcel de máxima seguridad, presos y guardias alentaron juntos a la Albiceleste, para terminar en una tristeza compartida por toda Argentina, donde el fútbol es pasión desde la cuna.

- Día especial -

Beto tiene 46 años y ha pasado ya 20 en prisión. En la misma penitenciaría 9 está confinado su hijo Lautaro, quien sin embargo debe quedar libre en diciembre. Padre e hijo podrían salir juntos si la Justicia le otorga la libertad transitoria.

"Hoy es especial, pero acá todos los días estamos muy unidos. Tenemos a la familia de afuera y la de acá", refiere Beto sentado en su celda de 2,5 metros por 1,5.

Levantar el trapo que hace de cortina de su celda es como entrar a un mini museo del Club River Plate.

"Tengo cinco juegos de camisetas y Enzo Pérez, que está en la Selección, me mandó la suya", cuenta mientras la muestra orgulloso.

Este hombre organiza los campeonatos del penal y guarda las seis pelotas que rebotan en el patio, todos los días, de 8 de la mañana a cinco de la tarde.

- La camiseta de Messi -

Mate, jugos y dos platos con torta frita que nadie tocó durante el partido. Las sillas y bancos del pabellón ordenadas en torno al televisor y a una camiseta argentina con el 10 de Leo Messi, completan el altar futbolero.

Cuando los futbolistas se alinean y comienza a sonar el himno, los internos lo corean a viva voz. El mismo sonido llega desde los otros pabellones.

"Este espacio era peligros antes, pero hace tres años que no pasa nada serio. Ayudó mucho el trabajo de Beto", reconoce Mauricio Cañedo, subinspector del pabellón.

La calma se interrumpe en el epílogo del primer tiempo. Angel Di María termina con los nervios por la derrota parcial y el penal entero estalla en un grito de gol. Todos saltan, incluidos los guardias. Un sonido metálico retumba en el edificio: los presos hacen sonar al unísono las trabas de sus celdas.

- 22.000 futbolistas -

El Servicio Penitenciario Bonaerense tiene unos 24.500 internos que hacen actividad deportiva sistemática. De ellos, 22.000 juegan al fútbol.

"Trabajamos el buen uso del tiempo libre y potenciamos la actividad deportiva, también por todos los beneficios sociales que trae, como relacionarse, sentir pertenencia y ejercer distintos roles en un equipo donde se resaltan los valores de solidaridad, colaboración e integración", explica a Walter Bertoloto, director de cultura y deporte del servicio penitenciario.

"Muchos de los internos se han criado en situación de calle o no han tenido familia", describe Bertoloto. "Están detenidos, justamente, por no reconocer al otro. El equipo les permite compartir, contener o ser contenido en los momentos tristes, y eso muchas veces suple las carencias de afuera", sostiene.

"El fútbol nos une. Jugamos todos los días y cuando llueve nos juntamos todos en el pasillo a ver los partidos. Hoy a la selección la apoyamos todos", resume Eduardo, otro interno, antes de que todos estallen en un mismo grito: "Vamos, vamos Argentina, vamos a ganar, que esta hinchada quilombera no te deja de alentar".

El final del partido se vivió entre soplidos de fastidio y con las manos en la cabeza.

"Es feo perder y ahora estamos todos tristes. A mí no me gustaba ver a Argentina porque siempre fue un fracaso. No voy a decir que Messi es un pecho frío porque él solo no juega", resume con frustración Julio, de 38 años.

Solo uno de los internos cambió nervios por ansiedad. Es Jorge, nacido en Montevideo. El único extranjero del pabellón, aunque en el penal hay colombianos, paraguayos y bolivianos.

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