Felices pero prudentes, los hinchas regresan al estadio para un partido europeo

Después de meses de "aburrimiento", los aficionados volvieron "con mucha emoción" a un estadio europeo para asistir en Budapest a la victoria del Bayern Múnich frente al Sevilla por 2-1 en la prórroga en la Supercopa de Europa, aunque la amenaza de la pandemia hace que los hinchas se hayan mostrado muy prudentes.

Entre devolución de entradas, múltiples restricciones y el "riesgo" sanitario omnipresente impidió que este partido entre los dos campeones de las competiciones continentales sea una gran fiesta del fútbol europeo.

"¡Mi último partido en el estadio fue en marzo!", exclama Sven Widmann, vestido con la nueva camiseta del Bayern y debidamente enmascarado.

Este bávaro abonado en el Allianz Arena de Múnich no para de tomar fotos del Puskas Arena, el estadio de la capital húngara, que alberga a unos 15.000 espectadores, de una capacidad total de 68.000, en el primer partido europeo con público en los últimos seis meses.

"Es realmente particular, porque el Bayern (vencedor en agosto de la Liga de Campeones, disputada a puerta cerrada), nos ha deleitado estos meses, por lo que hay mucha felicidad", añade este seguidor del campeón de la Bundesliga antes de que le tomen la temperatura en uno de los accesos a las tribunas.

En las gradas, algunas banderas, cánticos, cerveza y maquillaje con los colores de ambos clubes, rojo y blanco: las escenas habituales en cualquier partido europeo renace en esta noche húngara, pero la pandemia impide disfrutar del partido "como antes".

- Tests negativos exigidos -

La inmensa mayoría de los aficionados vestidos con camisetas del Bayern no son alemanes, sino seguidores locales del club germano. De los 3.000 entradas reservadas para los aficionados bávaros, apenas se vendieron 1.200.

Por el lado español, los hinchas del Sevilla, campeón de la Europa League, son aún menos: apenas 350 y ha sido necesario recorrer varios bares del centro de la ciudad antes de encontrar al primer grupo de sevillistas.

Entre ellos Silvia Guijarro, quien como el resto de personas que han viajado a Hungría, tuvo que presentar un test negativo al covid para poder entrar en un país que tiene las fronteras cerradas por la pandemia.

"Es mucho más complicado de lo habitual: hemos tenido que pasar un test y todos hemos dado negativo. Pero hasta el último momento, no sabíamos si podríamos desplazarnos libremente en Budapest o si debíamos estar encerrados en el hotel hasta la hora del partido", explica esta seguidora de 52 años.

- "Riesgo" -

Para hacerlo más complicado aún, Alemania declaró recientemente a Hungría como "zona de riesgo", lo que obliga a los desplazados a Budapest a guardar 14 días de aislamiento a su regreso a Alemania... a no ser que se sometan a un nuevo test.

El club bávaro facilitó la tarea abriendo un laboratorio móvil, pero muchos aficionados tiraron la toalla.

"Quería venir con un amigo, pero él lo anuló por el virus, su mujer tenía miedo", explica Sven Widmann, que viajó en coche desde Múnich después de pasar su test el lunes y que dice ser muy "prudente".

"Respeto las distancias, llevo la mascarilla y vivo en Múnich, donde también puedo contagiarme. Lo único que me molesta es que la mujer policía de la frontera llevaba su mascarilla en la barbilla y eso no está bien", lamenta.

Encontrados en el aeropuerto en la víspera, André y Anna, una pareja de aficionados bávaros, coincidieron en su análisis: "Si todo el mundo cumple las reglas, no debería pasar nada", dice André, feliz por poner fin a las noches "de aburrimiento en el sofá viendo los partidos por la televisión".

"Por el contrario, si la gente se emborracha, se quita las mascarillas y gritan hacia todos los lados, entonces habrá un riesgo", añade este seguidor en el aeropuerto de Budapest, donde pasar los diferentes controles llevó más de una hora.

Es el precio a pagar por volver a sentir la emoción del fútbol desde las gradas de un estadio.

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